Libros Invisibles | La mesera que se quedaba con los cambios
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La mesera que se quedaba con los cambios

La mesera que se quedaba con los cambios

Malena sube al vagón apenas unos segundos antes de que éste avance. Con sus 2 segundos de suerte ha conseguido lo que a muchas les lleva media vida: primero, hacer que el chofer pare lo suficiente para que ella, a punto de reventar su encanto de damita fina, logre subir sin apuros al Macrobús, ese azul cien pies de fierros que atraviesa Guadalajara igual que una prótesis atraviesa la columna de un enfermo y de paso va matándole todos sus quicios sanos.

Pues Malena consigue eso. Y, además, consigue también un asiento libre en el vagón lleno de cuerpos sudados; esos que llegan a la orilla del viernes y van ahogando en sudores su manía de saber que estarán solos hasta el advenimiento de otro lunes.

Malena se sienta junto a mí y me deposita un saludo: Buenas tardes. Yo, que para entonces había logrado ver con el rabillo del ojo el eco que iban dejando sus caderas en el aire, le respondo con mi mejor voz de Pedro Armendáriz haciéndole un hijo a Dolores del Río: Hola, buenas noches ya. A partir de entonces, lo de menos es seguir la suave onda de su sonrisa hasta convertir este viaje sobre el lomo de la Calzada Independencia, en un Tour por París de noche. Malena es mesera y pobre porque su suerte se le ha acabado en esos ojitos verdes, esos labios de brillante humedad, esa cara de suaves pómulos. Y, según voy entendiendo mientras me dejo embrujar por su voz, le ha quedado a deber al repartidor de maravillas cuando le fueron dadas esas caderas capaces de parar la procesión de un muerto. Malena es una princesa montada en una calabaza, y yo, que esta misma noche podría sacarme la lotería, soy su guía en una ciudad que empieza a parecerme exótica y profunda.

Con ella a mi lado, la plaza Juárez se ve limpia y las flores que venden afuera del parque se transforman en arreglos de un exquisito gusto Francés. La fantasía es un carrusel de luces y yo soy un niño de siete años sumergido en los ojos de Malena, que flota sobre un caballo de madera sin dejar de hipnotizarme.

A la derecha de nosotros, el Agua Azul es otro Palacio de Versalles donde una pareja de sigilosos amantes van buscando razones para quererse debajo de las ropas, tentando la felicidad en el nadir de sus desdichas. Y mirando los ojos de Malena es difícil no pensar en el sabor de su piel a estas horas donde el verano ya anuncia el fin de su modorra.

Del otro lado, la biblioteca del Estado me lanza hacia añejas escenas donde buscaba citas para un ensayo y nunca pude encontrarlas hurgando en los muslos de Andrea, de Karla y de Gabriela, ese trío de muchachas tan estudiosas y cuya imaginación era capaz de construir galaxias complejas alrededor de una minifalda con ambiguos límites.

El teatro del IMSS me hace pensar en Flor y en su ansiedad de besos en los pasillos dramáticos. Y en Silvia: el rastro de su perfume en mis manos recién nacidas en la oscuridad de sus meandros.

– ¿Estudias o trabajas? le pregunto a modo de broma para seguir el hilo invisible que me ata a su mirada.

– Trabajo, soy mesera en un Sanborns, nomás que ahora estoy de descanso y con los cambios que me quedo quise salir a pasear, o a ver qué…

Y ese “a ver qué” me ilumina las quimeras y me abre los poros: apenas atravesamos 5 de Febrero y yo no pienso en las refacciones robadas que ahí forman su propia república de ajenas cosas, si no en la cantidad de moteles categoría Pico de Estrella que van circuncidando la vieja central camionera, como el Viena, con sus ventanas rotas y sus chirreantes colchones, que, dadas las circunstancias, hacen las veces de orquesta ambientando los paisajes que uno va recorriendo desde el fondo de su deseo. O como el Emperador, donde se ama con el rabioso amor de un animal confundido.

Y montado en esta ola de imágenes, mientras muevo la cabeza para seguir el discurso de Malena, abandonamos el espectro del Galeón, con su aire de catedral gangrenada y sus mil capillitas reducidas a evangelizantes puertas de vecindad, donde todos los credos son bien venidos. El Costa Brava y el Flamingos nos reciben temporalmente como sendos moteles con disfraz de decencia que una pareja de recién salidos desmienten con su cabello mojado y su olor a Rosa Venus despertándome nuevos recuerdos, y a Malena, nuevas promesas.

Pero la memoria se topa con algo más fresco: en la esquina de Dante aparece la Sin Rival, cantina donde podríamos sacar a los mejores antihéroes de la zona para una película de Robert Rodríguez y Danny Trejo. Efectivamente: la segunda parte de Machete, esta vez con más sangre que Kill Bill I y Kill Bill II. Juntas.

Donde empieza Avenida La Paz, ahí donde Cuitlahuac y el Doctor R. Michel hacen un trío sexual con la Calzada Independencia, ahí, justito ahí está el Hotel León, que de hotel no tiene nada pero de leonera lo tiene todo. Yo pienso en Malena viendo sus grandes ojos verdes, mientras en el Macrobús las parejas se regalan sus cinco minutos y sus cinco centímetros de corporal fama, y en el vagón la atmósfera va tomando un tibio olor a piel que exige su dosis de cariño. Yo sólo pienso en que el amor no sea tan terrible que deba morir un día en un motel de estos… Ni tan pedorro que deba florecer en un Hilton.

Cruzamos Avenida Revolución y el festín de bares y botaneros va dibujando un carnaval de cachondería envuelto en ritmos tropicales, luces de neón y terrenales diosas: mujeres reales, dominantes de su sensualidad sin clichés y sin dietas.

En este tramo, el más céntrico, hay un confeti de cuerpos para todos los gustos, y en cualquier caso, un lugar dónde festejarle a la piel su lúdica razón de ser tan tocable, como el New York, que se etiqueta como hotel familiar y en el que basta decir “es mi prima” para perderse unas horas, las que el cuerpo y el deseo permitan, ajenos al reino del caos.

Cruzamos Obregón: su fama carnal flota en cada esquina y engrasa la imaginación de las fantasías más improbables. A punto de entrar a un paraíso de ciegos, Malena no despega sus ojos de una boca que voy sintiendo mía. La plaza de los mariachis asoma trompetas fálicas, guitarras horadadas, y agudos violines que suenan como lejanos quejidos de un placer ya consumado; llegan los mariachis con sus trajes violadores, con sus sombreros de presunción escandalosa y voy pensando que donde hay mariachi hay tequila y donde hay tequila la temperatura de los cuerpos sube y las ganas asaltan con sus armas lúbricas.

Malena y yo vamos en un tobogán de aguas muy rápidas cuando se asoma el mítico mercado que hospeda a 10 ratas por cada persona que lo haya visitado algún día: el San Juan de Dios. Luego, con el colmo de nuestros pensamientos ya conectados, miramos hacia la Plaza Tapatía donde se alza, orgulloso, el monumento a esta lujuriosa realidad de una avenida que fue creada pomposamente para terminar siendo una cadena de moteles, bares, prostíbulos, cantinas y cientos o miles de rincones donde la imaginación dibuja sus propios horizontes. Arriba el monumento: un pene en forma de sacacorchos que las guías para turistas describen como un homenaje a Quetzalcóatl.

Al salir del puente-estación, esa boca de lobo donde las dudas se hacen un bálsamo de caricias, Malena y yo hemos aprovechado la oscuridad para tocarnos un poco y decidir instintivamente que ahí nos bajamos, que la atmósfera es suficientemente sensual como para aterrizar los empeños y probar mejor suerte en otra parte. Mientras, frente a nosotros, ha aparecido el Lipstick, teibol que no pierde su brillo merced a una renovada horda de fieles adictos al show todo incluido donde la carne es la reina del bufet.

Al costado y luego al frente, el hotel París y el cine Fantasía parecen esperar la conclusión de los transeúntes, que se pierden un poco a calentar la aventura en el parque Morelos, y que a Malena y a mí nos van abriendo un abanico de infinitas posibilidades donde festejemos la intuición del cuerpo. La noche se ha erguido, virgen y voluptuosa, como una flor negra con su olor a pecado, que en el aire va dejando un ebrio rocío de sudores y unos suaves lamentos.

 

Jorge Díaz
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