Libros Invisibles | Épocas, de Enrique G. Gallegos
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Épocas, de Enrique G. Gallegos

Épocas, de Enrique G. Gallegos

-UNO-

Enrique Gallegos es modelo 69 del siglo pasado. Aunque nació en Tijuana, gran parte de su vida la pasó en Guadalajara, hasta hace unos cuantos años, que se mudó al D.F. porque, siendo modelo 69, lleva en la sangre el gusto por los repegones vagoneros (esta es una hipótesis de psicólogo banquetero, porque no entiendo qué le hizo cambiar la mochería tapatía por la esquizofrenia chilanga).  Enrique es, pues, un poco víctima y depositario de lo que estas tres ciudades –culturalmente hablando, las más importantes de México– representan. Este triángulo urbano y esta habilidad de Enrique de echar raíces sin echarlas, lo definen también como escritor que lo mismo ha publicado poesía y aforismos, que ensayo y crítica.

Aunque dividido en tres (vagabundo padre, vagabundo hijo y vagabundo espíritu santo), Enrique sigue teniendo sus raíces en Guadalajara, a donde regresa y visita a los amigos, cobra cuentas, les rasca las dudas existenciales a unos, ofrece terapia para el aliento miserable a otros, o de plano va a tomarse un café al Madoka de la calle González Martínez para olvidarse de los amigos divorciados, de los chismes del microcosmos cultural tapatío; y para acordarse de las meseras, que son la única sustancia que vale la pena recordar en un café que ha sobrevivido a los infiernos del fuego, pero no al calvario de ser visitado cada vez más por los cándidos de la cultura, porque se rumora que el escenario es perfecto para tomarse una selfie junto al libro recién comprado en un pasillo del Soriana.

Por alguna razón, Enrique ha hecho aquí más raíces que en ninguna de las otras ciudades, al menos como escritor: aquí ha publicado la mayor parte de su obra, entre la que se cuenta el libro de aforismos y primera obra que conocí de Enrique, Malestar (que, literalmente, causó malestar a los editores); Poesía Mayor en Guadalajara; Poesía, razón e historia; Territorialidades, en complicidad con Pedro Goche y el argentino Francisco Naishtad, y que editamos en Libros Invisibles; y hasta una compilación de ensayos próxima a aparecer, editada por la Universidad de Aguascalientes, pero que casualmente me encontré siendo armada en la misma imprenta de la colonia Morelos en donde hacemos los terminados de la editorial. Muchas cosas son las que representan las raíces de Enrique en esta ciudad. Casualmente, Épocas,  fue editado en la Ciudad de México, pero su acercamiento a las épocas, especialmente a la actual, nos trae de nuevo a las calles de Guadalajara, que son las calles de cualquier ciudad hiper conectada, donde una nueva cultura, más homogénea, tendiente a asfixiar rastros de disimilitud, borbotea en canales de bits y silicón.

Y decía que estas tres ciudades (Guadalajara-Tijuana-Distrito Federal) conforman el triángulo cultural de las Bermudas de México. Para bien y para mal (aunque tengo la impresión de que más para mal que para bien), Guadalajara es ya una tradicional cuna de poetas. Si existiera un Instituto Nacional de Censo Poeteril (y créanme: existirá si descubren que es posible desviar recursos a las campañas políticas y a las cuentas bancarias de los funcionarios) los números nos dirían que en Guadalajara mueren cada año apenas dos o tres poetas de todos los tipos: buenos, malos, chistosos, ególatras, demagogos, panfleteros… apenas dos o tres entre toda la variedad de poetas que seguro en este momento estarán atravesando nuestros recuerdos. Y que en el otro extremo de las cosas, este hipotético Instituto registraría que cada año nacen cien, doscientos o trescientos nuevos poetas, también de todos los calibres, estilos y vanidades.

 

-DOS-

Para bien y para mal, y creo también que más para mal que para bien, en la Guadalajara de los mil poetas, en la de la época actual, hay una corriente cada vez más popular de poetas malitos que se creen malditos; poetas cuya primera virtud consiste en escribir acerca de nada y, consecuentes con su profusión de ideas, lo hacen con nada más que un arsenal de textos curatoriales que hay que leer tarde o temprano para entender por qué un verso como “pasa una coneja, pasa una coneja, mira a la coneja” es, según ellos, un gran verso. Aunque ustedes no lo crean (o justamente lo creerán más fácilmente si viven en Guadalajara), estos poetas no sólo tienen seguidores; me consta que tienen tras de sí, incluso, a una horda de fieles aduladores que hacen sobre sus poemas todo un inventario de hallazgos que ni el autor conocía, pero sobre los que cada poeta se dispone a hincar los dientes para engordar su dicha recursiva. Como sucede con el arte contemporáneo, y de eso Enrique sabe bien, a esta novísima poesía se la alimenta de cualidades inexistentes, artificios que la complicidad viste para encubrir anorexias y que el efecto de sincronicidad (C. J. Jung) les confiere sentido. Ahí donde el autor escribe “lo que no es barato, no es barato, no es barato…”, el amigo crítico construye un ensayo de cien cuartillas sobre la necesidad de tener dos maestrías y un doctorado para entender el verso, cuyo significado final es que el conocimiento nos hará entender un poema del que nadie se acordará en dos días. Menos de lo que vive una mosca.

Lo más novedoso, o sea, la última ocurrencia de estos poetas a los que llamo “la generación chitocha”, es la de “intervenir” poemas. El manual de intervención consiste en dos reglas fundamentales que ellos definen con la misma claridad con la que el Minotauro ciego escapa de su dédalo: la primera se resume en agarrar un poema más o menos conocido, pero igual vale tomar un poema malo y considerarlo “alternativo”. Una vez seleccionada la víctima, es decir, el poema, ejecutamos la segunda regla, que consiste en cambiar palabras, de preferencia palabras sacadas de una canción de un grupo pedorro como Motorhead o de una película nipona de terror. Al final el resultado es increíble, porque tendremos de vuelta a la vida a un poema que, según ellos, estaba muerto, un poema cuyo lenguaje y sentido ya no era de esta época, un poema parecido a un Golem. Un poema moderno, de nuestra época, y que lo mismo podremos leer como adivinanza una de esas noches en las que nos aburrimos de la vida moderna. Esta poesía, como ya dije, se parece al arte contemporáneo en que se funda sobre textos curatoriales y no sobre las obras, y estos poemas se parecen justo a las piezas de una exposición de arte contemporáneo, por ejemplo: un martillo con una cadena enredada, un refrigerador conteniendo un motor, dos vigas de metal tiradas en el piso, una camisa y un gancho, unas cañas arrinconadas en el museo, o dos indigentes ciegos cantando “Flor de Capomo” de Los Cadetes de Linares. No sé ustedes, pero de sólo nombrar estas piezas mi más profundo Yo se estremece. A esta poesía y a estas piezas de museo sólo les faltan las risas grabadas de un programa de Chespirito. Pero no insisto, no sea que se les ocurra.

Creo que depositar sobre esta poesía significados que el autor nunca quiso ni pudo darle es un despropósito acentuado por la época, una época en la que la sabiduría demagógica resalta, merced a la saturación de datos y al cada vez más fácil acceso que tenemos a ellos. Tengo, sin embargo, la esperanza de que el fenómeno sea pasajero, pero es la misma fe que he tenido siempre de que la música de banda se acabe, y ya ven… en ambos casos, lamentablemente, se trata de fenómenos que existen porque existe un mercado que la consume, o al menos un mercado que alienta su producción (ojo: no dije que compren, porque las malas ventas de libros son un tema aparte).

¿Qué tiene que ver todo esto con el libro de Gallegos y con su propia poesía? Lo primero que me hizo pensar el libro de Enrique Gallegos,Épocas, editado por Mónica Soto Icaza desde su trinchera de Amarillo Editores, es, justamente, en que la época actual ha sido, por razones que ni quiero imaginarme, de una nueva cepa de poeta chitochos, que hacen adivinanzas sacadas de un crucigrama de cultura, y que luego los leen haciendo gestos con la mandíbula sacada y los ojos entrecerrados, porque sus ensayos convertidos en aforismos para tontos les parecen demasiado buenos para esta ciudad que ya les queda como un estanque. A esta cepa, afortunadamente, no pertenece la poesía de Gallegos. Todo lo contrario, su poesía está más hermanada con una lírica intelectual que parte de las ideas y no de las ocurrencias; se trata de una poesía que intercambia golpes de compromiso con el lector, que lo exige dialógicamente, en un acto reflejo de la cognición y no del orto.

En otro tema paralelo, su libro me hizo recordar ciertos episodios célebres en el chismerío literario, que cuentan que entre estos escritores hay los que aceptan presentar libros que no les gustan, y lo hacen para adiestrar sus dotes a la mentira –con sus amigos–, o bien para denostar al libro de sus enemigos, en un acto de abusiva cobardía para el que, incluso, han recibido invitación en mano. ¿Por qué lo hacen, por qué presentar un libro que no les gusta, si todo acto de presentación es también un acto de promoción, y lo saben? Una hipótesis basada en diversos estudios sobre la personalidad humana me hace suponer que lo hacen por mamones, por simple mamonería, que es una de las bellas artes que algunos ensayan hasta el virtuosismo. Si no te gusta no lo presentes, porque toda presentación –hasta cuando cumpliste tus quince años disfrazado de cadetito- es un acto de promoción; con mayor razón, la presentación de un libro se hace con la finalidad de hacerlo visible, de acercarlo a los posibles y pocos lectores: el editor espera recuperar su inversión (nota mental 1: los libros cuestan) y los autores esperan tener al menos el consuelo de la lectura íntima (nota mental 2: a los editores no nos gustan los autores que no aspiran a ser leídos). Insisto: toda presentación es un acto de promoción. Pues bien, el libro de Enrique Gallegos tampoco entra en esta circunstancia: Épocas es un libro que de antemano conocía y de antemano me gustaba por el evidente andamiaje que Enrique construyó para sostener sus conceptos. Y porque prefiero la poesía cuyo compromiso intelectual sea serio; me hago a un lado de aquella cuyo contrato con el lector consista en su menosprecio.

Pero no nos detengamos más en estos poetas que saldrán a decir que hoy la poesía no es poesía ni los poetas son poetas, que somos nosotros los del error por esperar de ellos seriedad, si ellos todo se lo toman con el humor moderno de vivir en un circo. Afortunadamente,  insisto, Enrique Gallegos no pertenece a esa reciente tradición de angelical bufonería.

 

 -TRES-

Recibí el libro de Enrique en octubre del 2014, en una de esas contadas ocasiones en las que hemos podido coincidir en el Distrito Federal. Pero el libro lo había recibido mucho antes, allá por el 2012, cuando recién acordábamos la publicación de Territorialidades, libro que sería editado en febrero de 2013, así que conocía el texto de sobra. A Enrique le comenté que tenía mis dudas de publicarÉpocas, debido a que el catálogo de la editorial tenía ya una larga lista de poemarios por publicarse y porque es complicado vender poesía, de modo que Territorialidades fue publicado, pero Épocas, tuvo que esperar al menos dos años para ser editado por Amarillo Editores.

Mi primera lectura fue la lectura rápida de quien tiene que tomar la decisión de publicar un libro. Fue una lectura rápida, no superficial, pero sí apresurada, parecida a la lectura que hacemos de un libro minutos antes de tomar la decisión de compra. Tengo la sensación de que un libro que no me atrapa a la primera no tiene caso que me atrape a la segunda, y por eso no tiene caso publicarlo, porque los lectores no le dan a los libros segundas oportunidades. Para los editores es importante contar con libros tan rapaces que agarren a su lector a la primera.

Sin embargo, una lectura más cuidadosa fue necesaria para escribir estos párrafos, y confieso que el libro me pareció más interesante; más cercano a los aforismos de Malestar que a Anómalos (incluido en Territorialidades) Épocas es, como lo advierte la contra portada, un proyecto historizante que data del año 2002; doce años le llevó a Enrique convertir lo que en un principio era un ejercicio de historia hasta convertirlo en el poemario que es ahora. De ahí una de las razones por las que el libro me parece importante: porque se asume en la tradición de una poesía predicativa, dialogante, una poesía que privilegia los conceptos sin desatender el canto (es relato y ritmo, se lee en el pie de página), y es también una poesía que se aleja del cripticismo delator de una sabiduría demagógica.

El libro es un libro de historia, literalmente, una conversión de la historia a terrenos donde el poema es casi un aforismo. Por el estilo de sintaxis comprimida, bien pudo Enrique dividirlo en pequeños fragmentos de no más de 140 caracteres, como una especie de guiño de que nuestra época todo lo condensa, porque la velocidad es el único dios al que las diferencias religiosas respetan. Pero decidió que el poema fluyera, como una sola pieza de cinco exhalaciones, tal vez, como mejor queda imaginarnos la historia desde un origen necesariamente poético. El hombre, escribe Gallegos, como incierta cuota de materia hombre apenitas

 

“…reconoce que andar

rondar no es

correr es errabundar…”

 

Luego:

 

“En la imagen del cosmos,

en el mapa de la mano

el laberinto es resuelto

y descifrado el enigma:

la criatura fosilizada

permanece aun

en lo fugaz del relámpago…”

.

Sé que el hombre primitivo que seguimos siendo se siente identificado con estas imágenes. Enrique Gallegos condensa la historia, va del paleolítico al medievo y llega a la prehistoria inmediata, la que se cuenta en la instantánea mortantad del trend topic, y lo hace mediado por la palabra, la interfaz, la única herramienta posible con la que superficialmente tocamos el mundo. Cito:

 

“-espacio que condensa y encapsula,

disuelve el tiempo:

es el pensamiento

que consume mi cuerpo

es la estridencia

del aquí y ahora

como un tiempo inflamado

por la espesura del presente (…)

arrastrado soy

al presentismo

estoy

hoy aquí.”

 

Finalmente, Épocas, es también un libro sobre la velocidad: en su síntesis advertimos que esta civilización líquida del internet, el genoma y los clones se está desbocando como un animal que ha terminado por amar sus abismos. Esta época en la que el presente es absoluto, anega con su estridencia y su poroso vientre dilatado: hoy, retehoy, ultrahoy, hoysiemprehoy… esta época es la que hay; si podemos enfrentarla con poesía, bien. Si podemos enfrentarla con poesía inteligente, mejor.

 

Jorge Díaz

***