Libros Invisibles | El arco y la lírica
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El arco y la lírica

El arco y la lírica

Obras publicadas de Pedro Goché: Figuraciones (Alimaña Drunk, 1995), ¿Qué? –Poemas del axolote- (Editorial Arlequín, 1998), La mano verde de tu edad (Editorial Digna, 2000), Segundo cuerpo (Editorial El Viaje, 2010), Territorialidades (-Libro colectivo- Libros Invisibles, 2013); y el más reciente título: la almendra de la noche (Libros Invisibles, 2013).

 

Hace un tiempo, coincidiendo con la aparición de La almendra de la noche, Pedro y yo tuvimos una plática en el café Benito que está afuera del LARVA, en pleno centro de GDL… en esa plática, Pedro me comentaba que su trabajo poético lo estaba desarrollando a partir de un experimento en el que intentaba abolir los rastros del raciocinio en la construcción del poema, es decir: basarse -según me comentaba- en el acto reflejo de la inspiración. En psicología, a veces decimos que los actos, más que estar inspirados, están “gatillados”, porque nos horroriza hablar de algo que está relacionado con el impulso creativo, incluso con el impulso divino. Pedro me hablaba de ritmo (el subtítulo del poemario es “canciones desde un punto ciego”), y era (es) imposible abordar al poema (que no a la poesía) sin lenguaje; la palabra define al hombre, el hombre es ante todo lenguaje, su naturaleza es semiótica, nada nos hace más humanos que los signos. Ritmo y lenguaje estaban, pues, en la plática, pero la columna de su libro no era ninguno de los dos. La columna era la inspiración.

Más o menos así es como lo interpreté y como lo recuerdo ahora, porque esta presentación la estoy escribiendo a las 4 pm del 31 de octubre. Incluso como puedo leerlo todavía en una entrevista que Ricardo Solís -amigo mutuo- le hiciera para el periódico La Jornada.

 

“…la inspiración me vino como problema conceptual y, en el libro,

 trato de exponerlo de manera lírica.”

 

Entendamos que abordar un tema de modo conceptual es verse, desde ya, en una batalla perdida si lo que queremos es darle por el lado lírico. Pero voy a explicarme, antes de que se crea que trato de confrontar a Pedro con su experimento. Al final de cuentas, las guerras son así: intentan ganar con estrategia racional un asunto que es meramente animal, primitivo. Vamos: que no hay cosa más lírica que una guerra, donde un hombre mata a otro hombre aunque la más elemental lógica le diga que no lo haga.

Resulta que un par de meses después me fui a un Coloquio de Escritores en Nayarit, y se me ocurrió hablar sobre el papel del azar en la construcción literaria. Para abordar el tema toqué, tangencialmente, la cuestión inspiracional de la que me hablaba Pedro, pensando en esa posibilidad de que todo, absolutamente todo, fuera producto de ella. Evidentemente no creo que sea posible y tampoco creo que Pedro Goche lo haga, por más que en la plática parecía tener un discurso coherente todavía antes de la segunda o tercera cerveza… A la tercera ya estaba muy lírico, hablaba en idioma tuitero y tuve la impresión de que era cuando mejor acoplaba las ideas con los poemas que, para entonces ya estaban editados en La almendra de la noche… Y no es que descrea de Pedro, es que pienso que sus poemas son construcciones aparentemente surgidas del chispazo, aparentemente sencillas, pero que en el fondo son más bien el producto de un poeta ya hecho, con muchas tablas, entre ellas la tabla básica del uno, que consiste en hacernos creer que no sabe nada sobre poesía, y la del dos, cuya función es la de dejar fantasmas personales en sus poemas, haciéndose el listillo o intentando que no nos demos cuenta del discurso, como señalara Bajtin, siempre dirigido – la carta de amor, por ejemplo– que intenta esconder en forma de laberinto poético. Un asunto, eso sí, muy lírico.

La almendra… está compuesto por una serie de poemas pequeños –la mayoría–, sustanciales, “esencialistas”, de una manufactura tan bella que llamarles aforismos sería injusto, porque el resultado es impecable: su belleza tiene que ver con el pensamiento que iluminan y con la luz que los hace posibles. Si Goché pretendía escribir una obra lírica, un canto, un quejido humano, lo ha logrado. Y lo ha logrado, por extraño que parezca, con el recurso más humano y a la vez menos lírico que poseemos: el lenguaje.

Es inevitable decir algo escandaloso, pero me arriesgo: La almendra de la noche es El arco y la lira en ejecución.

Este libro es el eslabón intermedio que Pedro nos ofrece como resultado de un experimento en donde la metodología me resulta dudosa, pero no el resultado; si pudiéramos replicar el resultado de estos poemas con la mera inspiración, no dudaría un segundo un patentar el método de Pedro como una “máquina de hacer poemas”, buenos poemas. Pero tengo que ser claro en esto: el método falla. Es más: el método no sirve. Y no sirve porque la poesía de Pedro Goche es ya una marca imposible de replicar; para lograr estos poemas ninguna máquina y ningún método funciona. Lo que funciona es un Pedro Goché dictando los poemas.

La almendra… hay que decirlo, es un libro críptico. La primera lectura sugiere que estamos frente a un poemario de sencillas pretensiones, frente al texto de alguien que, como dice Pedro, no espera nada de la poesía. Pero no bien terminamos el texto ya nos damos cuenta de las trampas del lenguaje: de repente estamos a mitad de un dédalo lleno de significados posibles; un armazón tan enigmático como la figura de una almendra representando al todo racional, al mismo tiempo que tratamos de asomarnos desde un punto ciego, a tientas, con el instinto por delante.

Se trata pues -y esto aclarará la polémica inicial entre inspiración y razón- de ambas cosas. Se trata de un poemario en donde la musicalidad, el ritmo primitivo, el instinto, la prueba, el error propio de la inspiración ciega, van penetrando esa entelequia del hombre moderno, tan propenso a los armazones conceptuales. Es más, tan propenso a vivir una hiper-realidad por miedo de asomarse a la ventana.

Creo que Pedro es un poeta en madurez plena, (subrayo: en madurez plena como poeta) al que los recursos literarios le salen de un modo natural, tan natural que parecen sacados de la inspiración en la que yo creo muy poco. La almendra de la noche es parte de ese tríptico de poemarios que escribió con este paradigma bicameral donde la inspiración invade el liminar territorio de la cámara pensante en la que yo me fío más, por encima de que sea también la cámara de los locos (hay que recordar que la idea de una mente bicameral surge cuando el hombre no tiene una explicación para esa voz que retumba en su cabeza, y con toda ironía, todas las explicaciones pedidas le llegan justamente desde ese eco que retumba hasta hoy en la figura del loco y del poeta. Y que van, a veces, en el mismo paquete)…

Sigo sin estar seguro de la inspiración pura sea posible, pero tampoco me queda claro si el lenguaje es la sustancia del poema o se trata sólo de su andamiaje más externo que adorna nuestras sensaciones primitivas; puede que en el fondo de cada poema que a partir de ahora leamos, encontremos una almendra, una sustancia, y vayamos por la calle tarareando, ciegamente, algunas cosas que tardemos en entender. Y cuando esto suceda acuérdense de Pedro Goché, que ha escrito uno de esos raros libros para pensar y cantar, cantar y pensar, sin importar el orden.

 

Jorge Díaz

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